* Esta entrevista fue conducida por Salvador Marinaro y Lucila Carzoglio para Clarín
Cao Fei; Foto: The New York Times
[Entrevistador/a]
Salvador MarinaroLucila Carzoglio
Clarín
16 FEB 2025
Desde Shanghái
Hija de las políticas de Reforma y Apertura, Cao Fei fue de las primeras en experimentar con cámaras digitales cuando aún era una estudiante de Bellas Artes. Es que en su provincia, en el sur, el futuro llegaba antes. Por la cercanía con Hong Kong y Macao, allí se instalaron las primeras fábricas de inversión extranjera, y con ellas llegaron Hollywood, MTV, la cultura pop, el karaoke y los primeros celulares plegables.
De esas transformaciones –y de las venideras– hablan las obras de El futuro no es un sueño, expuestas en el MALBA hasta el 17 de febrero. La muestra recorre casi dos décadas de una trayectoria que explora los límites cada vez más difusos entre lo real y lo digital, lo humano y la máquina. A través del videoarte y la instalación, su trabajo se erige como un archivo del porvenir.
El recorrido muestra cuerpos en tránsito y culmina (o empieza) en el metaverso, un nuevo continente que advierte que algo está por llegar. Tal vez, por eso, es un pulpo, sólido y líquido a la vez, el que abraza y da la bienvenida a los espectadores. “Las emociones, el surrealismo, el mundo del trabajo, e incluso la imaginación y la locura están conectados: creo que en el caso de la Argentina compartimos ese lenguaje”, dice la artista conectada desde su casa en Beijing. Con anteojos amarillo flúo en la pantalla de zoom (una conversación entre Shanghái y Beijing), presiente que el diálogo con los espectadores de América Latina es entre iguales.
Por otro lado, la fábrica que se ve en el video era de una firma alemana y pude ver así cómo funcionaba una compañía moderna. Lo que se observaba en ese entorno era un cambio de un sistema, con distintas regulaciones y rotación semanal entre líneas de producción. Se promovían conceptos como la innovación en equipo y el sentido de comunidad. Era una estrategia típica de motivación de las compañías occidentales, algo muy distinto a la estructura local de la época.
Ella es la protagonista, sin dudas. Tres años después del video, dejó la fábrica y ahora es jefa de su propio proyecto: tiene una escuela de idiomas. El año pasado, durante mi exposición en Shanghái, me dijo que el video la había inspirado y me regaló la pollera que había usado. Para ella, era un símbolo de superación.
Incluso, para el 11.11 –el “día del soltero”, el festival de ofertas más importante de China–, las fábricas contratan trabajadores temporales. Ya no hay un sentido de pertenencia, se trabaja por el salario del día. Es un fenómeno completamente diferente.
De todos modos, en Asia One hay una evocación de la memoria colectiva cuando un trabajador baila con un pulpo. El personaje viste ropa de otra época y, de repente, aparece bailando música disco de los años 80 con otros en la fábrica. Como si un recuerdo fragmentado emergiera en medio de esa planta vacía. Creo que este es un sueño antiguo mío o una memoria de mi generación, una imagen del pasado ala que resulta difícil volver.
Paisajes urbanos pixelados
Proyecto RMB City (2007)
Avatar de Cao Fei
Sentíamos la necesidad de un entorno que pareciera real, donde la gente pudiera comunicarse y vivir un mundo alternativo; un entorno falso-real, donde pudiéramos habitar una utopía: un hogar de ensueño con nuevas relaciones que ofreciera la posibilidad de cambiar de avatar o, incluso, ser un animal. Era un espacio lleno de interés, menos consumista y con una dimensión educativa.
Hoy en día, esto ya no es una necesidad. Con la inteligencia artificial, podemos generar videos falsos, crear contenido automatizado y dialogar con máquinas. Lo digital se ha vuelto más artificial y funcional. Las tecnologías como la realidad virtual, la realidad aumentada o la inteligencia artificial están dominadas por usos comerciales y utilitarios. La gran diferencia es que ya no creemos en la utopía.
Aquellos viejos futuros
El distrito había nacido en la década de 1950 como un complejo de industrias militares. Como parte de las instalaciones, el Gobierno construyó un cine para los trabajadores, que con el tiempo devino discoteca y punto de encuentro. Con el declive industrial y el abaratamiento de los alquileres, el distrito siguió el destino de otras zonas fabriles: los artistas ocuparon los galpones. Entre ellos, Cao Fei, quien al descubrir Hongxia, comenzó a investigar su historia y las huellas del pasado que aún persistían en el barrio.
Fue una especie de rescate arqueológico de emergencia, aunque no se trataba de un sitio protegido por el Gobierno. Era un cine importante, un monumento al pasado que debía ser excavado, pero de manera personal. De algún modo, formaba parte de una utopía.
Es decir, no se trató sólo de la memoria arquitectónica o de la vida colectiva en torno al cine. Detrás estaba la fábrica estatal, y los trabajadores que veían películas allí eran los mismos que fabricaban computadoras.
Tiempos soñados
“Este tipo de plan de tendencia optimista siempre ha sido una tradición. Pero no creo que el optimismo esté relacionado con mi creación. Es solo una referencia para mí”, comenta Cao Fei.
No lo sé… ¿qué significa realmente el futuro? ¿Dónde está? El futuro aún no ha llegado. Justamente por eso los artistas tienen el derecho de imaginarlo, de crear su propia memoria y su propia línea de tiempo, de imaginar el futuro en nuestro universo artístico. No necesitamos depender del futuro real.
Si el porvenir siempre está adelante, inalcanzable, entonces ¿por qué no desarrollar otra realidad? Creo que en ese sentido, mi forma de pensar es utópica. Intentamos crear otra narrativa dentro del mundo en el que vivimos. Esa es, en cierto modo, una forma de resistir la realidad. Porque el futuro también es parte de la realidad. El futuro está de muchas maneras en el presente.